Chepes: en el acto del 2 de mayo estará Liliana Colino, la única mujer argentina que pisó las Islas Malvinas durante la guerra

Este viernes 2 de mayo, a la  hora 15:00, la municipalidad del departamento Rosario Vera Peñaloza realizará un  “Acto Homenaje a los Héroes del Crucero ARA General Belgrano”, encabezado por la Vicegobernadora Teresita Madera y autoridades del Poder Ejecutivo Municipal departamental. En la oportunidad y por primera vez se contará con la presencia de Liliana Colino, la única mujer argentina que pisó las Islas Malvinas durante la guerra y del sobreviviente del ARA General Belgrano, Alejandro Aballay de la ciudad de Caucete, San Juan.

El emotivo acto se llevará a cabo en el Museo ARA General Belgrano, ubicado avenida Belgrano de la ciudad de Chepes. También estarán presente los veteranos del Centro de Veteranos de Guerra de la Provincia de Córdoba y el Centro de Veterano Sentimiento Federal de la capital La Rioja, según informaron al diario digital El Cronista Chepes.

En ese lugar se espera la llegada de los familiares de los caídos en Malvinas, a 43 años del hundimiento del crucero, impactado por dos torpedos ingleses, ocurrido el 2 de mayo de 1982, a las 16, causando la baja de 323 compatriotas, entre ellos los tres chepeños: Francisco Belindo Fernández, Hugo Llanos y Antonio Yacante.

“La intendenta Laura Carrizo, con  mucho tiempo de anticipación fue programando este acto, donde contaremos con la presencia de Liliana Colino, única mujer que estuvo en el territorio de Malvinas”, explicó el diputado Cristian Pérez, en un diálogo que mantuvo con El Productor, portal digital de Raúl Peñaloza.

Aquí el trabajo de Liliana Colino en las Islas Malvinas

Las mujeres fueron fundamentales durante la guerra de Malvinas. Una de ellas, fue la enfermera Liliana Colino. La única mujer que pisó Las Islas durante el combate Hoy vive en el barrio porteño de Flores, donde también tiene un consultorio veterinario.

Conocé su rol en la guerra, su historia y la importancia de darle voz a las silenciadas del conflicto bélico.

Liliana, con su botiquín de combate colgando de un hombro, caminaba en medio de la noche por la pista aérea hacia el Hércules C-130 para ir a Puerto Argentino. Estaba llegando al avión cuando comenzó a sonar la alerta roja en el hospital reubicable, que la Fuerza Aérea Argentina había montado en Comodoro Rivadavia.

Su historia es poco conocida. Participó de una evacuación aeromédica en Puerto Argentino y el avión casi la deja. Dejó la Fuerza Aérea porque no ascendían a las mujeres. Pusieron una placa en su honor, pero con el nombre equivocado.

Cuando se escuchó la alarma en el hospital reubicable que la Fuerza Aérea había instalado en Comodoro Rivadavia, ya estaba arriba del Hércules C-130 que la llevaría a Puerto Argentino. A todos los soldados los habían entrenado para eso: apenas sonaba el alerta, había que dejar todo y correr hasta el refugio, que estaba a unos 100 metros de la pista. Liliana se bajó del avión y enfiló hacia allí. “Yo veía que todos pasaban al lado mío, que soy flaquita y tenía

borceguíes y cargaba un morral lleno de medicamentos e instrumentos. Pensé que no llegaba, que me moría ahí”, recordó. En eso se oyó una orden: “Ayuden a la cabo principal”. La emitió la persona que estaba a cargo del refugio. La puerta no se cerró hasta que llegó Liliana. “Eso me dio certeza de que no estaba desamparada. Nunca me sentí sola. Tuve muchas muestras de compañerismo, siempre me sentí contenida”, contó.

No sabe si pasaron 30 minutos o 3 horas, porque en esas circunstancias el tiempo se estira. “Perdón que la toqué”, le dijo un soldado poco acostumbrado a tratar con mujeres en medio del tumulto del refugio. “Todos rezaban”, es lo único que recuerda. En algún momento la puerta se abrió y tuvo que volver a correr hacia el Hércules. Los jefes amagaron con abortar la misión, pero había muchos heridos esperando al avión sanitario en las Islas Malvinas. “Hay que intentarlo”, le dijeron.

Esas seis, ocho o diez horas que duró su misión dejaron su huella. A sus 26 años, la guerra ya le había marcado un antes y un después, pero el viaje a las islas la enfrentó con la muerte. Primero, porque le dejó una secuela en su cuerpo, una inmunodeficiencia genética por estrés postraumático. Y segundo, porque le cambió la perspectiva de la vida. “Saber que el avión en el que vas en cualquier momento se cae y todo se acaba me cambió la dimensión de las cosas. Cuando volví, me preguntaba si después de eso, vale la pena complicarse con tal o cual cosa, o hacerme mala sangre con lo otro. Empecé a ver la vida de otra manera”, reflexionó.

Los Hércules llevaban material bélico y hacían evacuaciones aeromédicas. Un día se me acercó un capitán y me preguntó: “¿No te animás a venir con nosotros, porque hoy tenemos que traer mucha gente, y vos sabés bien dónde están las cosas?”. Obvio que dije que sí. Yo me mando y listo, soy así. Fui yo, pero podría haber sido cualquiera de las enfermeras que estaban ahí.

– ¿Cuánto tiempo tenían que estar en las islas?

– Dependía del piloto, que en algún momento decía “basta, nos tenemos que ir porque vienen los Mirage o los Sea Harrier”, levantaba la panza y despegaba. No avisaba.

– ¿Cómo fue el viaje a Puerto Argentino?

– Los viajes se hacían siempre de noche, con silencio de radio y a ras del mar. De repente el capitán (Cristóbal) Villegas nos mostraba la cabina y la parte de adelante del avión era pura ola. Era como ir en bote, parecía que en cualquier momento nos íbamos hacia el fondo. Nosotros fuimos acostados sobre tres container que ocupaban casi todos el Hércules. Para desplazarnos teníamos que arrastrarnos. Me acuerdo que llevamos la Virgen de Luján que había pedido (Mohamed Alí) Seineldín.

– ¿Es cierto que casi la dejan?

– ¡Sí! El Hércules es un avión que necesita mucho tiempo para despegar y si tiene un ataque, tiene que salir disparando, porque es muy grande y no tiene forma de esquivar nada. Entonces, carreteaba todo el tiempo, no paraba en la pista. Cuando llegamos, yo me bajé porque si no, no había forma de que salieran los container. Y ahí me di cuenta que el avión se iba y empecé a correr detrás.

– ¿Cómo subió?

– Gracias a esos dos hombres que están allá [señala una foto], dos suboficiales que se agarraron uno del otro, hicieron una cadena humana, y colgando del Hércules me agarraron del brazo y me revolearon para adentro.

– ¿Cómo subían los heridos a un avión en movimiento?

– Después de descargar los container empecé a ver un camino de luces, como si fueran antorchas. Eran las ambulancias, que nos estaban esperando. Venían de culata con las puertas abiertas, apoyaban la parte de atrás contra la panza del Hércules y nosotros los arrastrábamos para adentro, a donde se acomodaban como podían. Los que estaban mejor nos daban una mano desde adentro. Nos habían enseñado que el C-130 tenía camillas, pero una cosa es lo que habíamos aprendido y otra distinta es lo que tuvimos que hacer. Llegamos a levantar a unos 80 heridos, el resto se quedaron.

– ¿Qué es lo que más le llamó la atención de los heridos?

– Que me confundían con alguien. “Vos no vivís en tal lado o sos la hermana de tal”, me decían. Todo el tiempo te confundían. También preguntaban cómo estaba Buenos Aires. No sabían nada.

– Era un poco enfermera, un poco psicóloga.

– Sí. Creo que eso fue algo bueno de las mujeres: que tenemos más paciencia para escuchar. Y ellos tenían muchos deseos de hablar. Nosotros le dábamos analgésicos y todo lo que necesitaban, pero ninguno se quejaba. Hasta uno me ofreció su asiento. Es increíble cómo en momentos críticos el hombre piensa más en otro que en uno mismo.

– ¿Por qué hizo un sólo viaje?

– Al poco tiempo se suspendieron las evacuaciones aeromédicas, porque era imposible. Nosotros a la vuelta tuvimos que desviarnos, porque nos estaban siguiendo unos Sea Harrier, a pesar de que el Hércules tenía la cruz roja. ¿Cómo vas a seguir a un avión sanitario? ¿Qué necesidad, si no teníamos ni un arma?

– Con el antecedente del Crucero General Belgrano a cuestas…

– Justamente por eso el piloto se la jugó y tomó la decisión de desviarse de la ruta. Tuvimos que dar toda la vuelta por Tierra del Fuego y entrar por Chile. El viaje se demoró un montón. Por eso en Comodoro Rivadavia pensaron que ya no existíamos, porque recién pudimos avisarles que estábamos bien cuando entramos en territorio argentino. Llegamos a media mañana.

– ¿Cuándo pudo volver a dormir?

– No sé… apenas llegamos me tuve que poner a trabajar. Nos estaban esperando todos. Pero tenía tanta adrenalina que no pensaba en el cansancio. Es como que todo fluía, no sentía nada.

– ¿Hasta cuándo siguió en Comodoro Rivadavia?

– Hasta fines de mayo, cuando me mandaron de vuelta a Buenos Aires. Fue triste, porque no queríamos volver.

– ¿Olfateaban que se estaba perdiendo la guerra?

– Yo soy medio de vivir en una burbuja, tenía muy poca información. Pero creo que el resto tampoco sabía. Nos enterábamos por los medios, pero apenas. Y a veces prefería no enterarme, porque no llegaban noticias muy reales. Sí nos contaban los soldados que la situación era crítica, pero medio que lo negábamos. Cuando llegamos a Buenos Aires nos enteramos de todo.

¿Quién la fue a recibir?

– Mis padres y mis tíos fueron a buscarme a la base de Morón. Nunca les dije que viajé a Malvinas. Ni cuando volví. No quería que se preocupen, que crean que me iba a pasar algo. Se enteraron cuando me dieron las condecoraciones.

– ¿Cómo se enteró de la rendición?

– A los dos días me llevaron a Córdoba a hacer un curso de alférez. Y al poco tiempo el jefe de escuadrón nos contó que se había acabado todo. Nos costó mucho asumirlo, porque no lo esperábamos. Teníamos una inocencia medio boluda de creer que si las islas eran nuestras, tenían que seguir siéndolo, que no podía ser. Esperábamos que al final la justicia triunfe. Fue difícil. Yo decía: “Tanta gente que sufrió, tanta gente que la pasó mal, para nada”. Pero en el fondo creía que por lo menos lo habíamos intentado. No nos quedamos con los brazos cruzados.

– ¿Por qué pasó tan poco tiempo hasta que pidió la baja?

– Me fui porque no me ascendían. Ni a mí ni a ninguna de las tres generaciones de alférez que había. Los varones tardaban menos tiempo y encima se suponía que a los que habían ido a Malvinas nos ascendían más rápido. Entonces pensé que como era la más antigua, tenía que lucharla. Y me la jugué. Si salía bien, mejor; y si no, lo siento. Mi vida siempre fue así. En 1985 presenté una nota en la que puse que si no me ascendían, iba a pedir la baja. Me la fueron bicicleteando, hasta que más de un año después me dieron la baja, cuando a todo el mundo se la dan a los dos meses. Al año siguiente empezaron los ascensos.

– ¿Cree que influyó su decisión?

– Seguro. Si me quedaba, no hubiese pasado nada.

– ¿Por qué se tardó tanto tiempo en reconocer el rol de las mujeres durante la guerra?

– Creo que se las reconoció cuando empezaron a luchar. En mi caso luché por el ascenso, pero no por el reconocimiento. En cambio, muchas sí lucharon por esto y no por el ascenso. Igual, yo hago un mea culpa: no hice nada. No pude, no me salió. Para mí era algo íntimo, personal. Es difícil de explicar. Me quedé ahí, como estancada. No me sale ir a un lugar a hablar. Las situaciones críticas cada uno las maneja como puede. Y yo me alejé un poco. Recién 10 años después me enteré que era veterana de guerra. A mí me llamaron un montón de veces canales y diarios para hacer notas, pero sé que me voy a sentir incómoda. También me pusieron una placa en el Hospital Aeronáutico, pero con el nombre equivocado. Dice Iliana, en vez de Liliana.

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